Serranilla VII

Una historia de arquitectos antiguos

fotografía antigua de la torre de
la “Catedral de la Sierra”
A los maestros de obras que levantaron la iglesia parroquial de San Juan Bautista (Catedral de la Sierra) de Hinojosa del Duque.
 
In memoriam.
El anciano de barba blanca, larga casi hasta la cintura, bordón de avellano y túnica de basto paño oscuro, hablaba con el joven alarife.
            —Por cuanto habéis dicho compruebo que poco conocéis a los constructores de vuestra basílica.
            —Así es, por desventura. Como vuesa merced no ignora, en tiempos pasados y para mayor gloria de Dios, apenas se mencionaba el nombre de los maestros en las iglesias o catedrales que edificaron. Tan sólo en los archivos, que el tiempo destruye.
            —Para ser tan joven, entendéis la vida —sentenció el viejo.
            Era un día de agosto del año del Señor de 1721. En el horizonte se divisaban grupos de campesinos segando, cubierta su cabeza con sombreros de paja. Un sol inmisericorde abrasaba los campos. Ambos hombres estaban sentados en el borde de la alberca mientras escuchaban el rumor del agua que manaba del único caño. El calor infernal los tenía sumidos en una agradable modorra, las cigarras emitían su estridente e incansable chirrido y algún tábano revoloteaba amenazante en torno a sus cabezas. El joven maestro albañil había llegado a la fuente, situada a un tercio de legua de Hinojosa, muy cerca del arroyo de las Viñas, para trajinar en su huerta. Era domingo y según costumbre, luego de asistir a misa en la iglesia mayor, hacia allá se dirigía para disfrutar de uno de sus raros momentos de descanso. Cuando iba a traspasar la tapia vio al anciano refrescándose en el manantial, se acercó y entabló conversación con él. Largo rato llevaban hablando y el viejo ya conocía su vida y su trabajo.
            —De modo que sois el maestro de obras de la villa (*) —platicaba el hombre mayor.
            —Lo soy desde que el gremio me concedió el título. Pero ya que habéis

mencionado nuestra iglesia, cuando a diario contemplo su portada me digo a mí mismo que soy un simple aprendiz. Conozco por los planos que en ella se guardan el nombre de alguno de sus autores, pero ignoro su vida. ¿Quiénes serían los maestros
                        que levantaron tal obra?
            —Antepasados míos —respondió el viejo, rotundo y sin alterar el semblante.
            El joven sintió una extrañeza que lo sacó, momentáneamente, de su sopor.
            —¿Antepasados vuestros? Pero ¿quién sois vos? Conocéis ya mi vida y sin embargo ni siquiera me habéis dicho vuestro nombre.
            —Mi nombre no tiene importancia o al menos no la que tuvieron mis antecesores. Como os digo, soy descendiente de los hombres que realizaron la basílica con la portada más perfecta en muchas leguas a la redonda.
            Ante la incrédula expresión del joven, el anciano continuó.
            —Mis ascendientes llevaron los mismos nombres y apellidos: Hernán Ruiz
y procedían del reino de Castilla, al igual que los habitantes de vuestra villa. El primero de ellos, conocido como “El Viejo”, vino a estos lugares llamado por los condes de Belalcázar, con el encargo de levantar la iglesia más bella de sus extensos dominios.
            —Generosos los condes, pero ¿cómo puede saberlo vuesa merced? Ha transcurrido largo tiempo.
            —No os preocupéis por ello, mas podéis creerme. Antes de proseguir quiero preguntaros algo. ¿Conocéis la catedral de Córdoba? ¿Y la de Sevilla?
            —Las conozco porque así lo requiere el gremio de alarifes para obtener el título de maestro. Ambas fábricas son bellísimas, sin duda.
            —Es normal que así lo creáis, los maestros de obras que las edificaron no fueron hombres comunes.
            El joven se entusiasmó de inmediato al recordar ambos monumentos.
            —Me impresionó el cuerpo de campanas de la torre catedralicia de Sevilla que prolonga magistralmente el alminar árabe y al que embellece en grado sumo. Similar impacto sentí al conocer el templo cordobés por más que, en principio, me resultó chocante comprobar que se edificara la catedral dentro de la esplendorosa mezquita. Pero he de reconocer que, a pesar de la mezcla de estilos tan dispares, el resultado es sobresaliente.
            —Casi todos los que conocen ambas obras son de la misma opinión.
            La somnolencia invadía de nuevo al joven pero desapareció de repente cuando reparó en la anterior pregunta del viejo.
            —¿Por qué habéis mencionado las catedrales de Córdoba y Sevilla?
            —Porque los artífices de las obras que habéis mentado fueron los mismos que levantaron la iglesia mayor de vuestra villa —replicó con sencillez.
            —¿Los Hernán Ruiz? ¿Los que decís antepasados vuestros?
            —Ciertamente, alarife.
            El joven se sorprendió ante tal afirmación. ¿Cómo era posible? ¿Tan importante fue Hinojosa en aquel tiempo para que maestros de tal talla edificaran
su basílica? No obstante, eso explicaría su magnificencia.
            El viejo del bordón esbozó una sonrisa indulgente ante la suspicaz mirada del joven maestro.
            —Os contaré su historia si escucharla es vuestro deseo.
            —¡Vive Dios! Lo es, sin duda.
            El anciano apoyó la barbilla en el extremo de su larga vara y mirando hacia los campos sumidos en la canícula, inició su relato.
            —Al tiempo de trabajar en el templo parroquial de Hinojosa, Hernán “El Viejo” fue nombrado maestro mayor de obras del obispado de Córdoba. Trabaja en varias poblaciones de la diócesis y años después recibe el encargo de su vida: edificar la nueva catedral en el interior de la mezquita.
            El joven hinojoseño miraba de soslayo al viejo, asimilando cuanto decía.
            —Proyecta tan magnífico templo e inicia su construcción, trabajando en él hasta su muerte. Aparece entonces en la historia su hijo, que le sucede. Para diferenciarlo de su padre lo llaman “El Mozo” o “El Joven”, probablemente nació ya en estas tierras y desde luego fue el más importante de la familia.
            —¿Qué hizo para merecer tal consideración, anciano? —interrumpió el alarife.
            El viejo calló unos instantes mientras parecía ordenar sus pensamientos. Habló al fin.
            —Hernán “El Joven”, pese a llevar una vida turbulenta, fue un trabajador excepcional y un incansable viajero. No sólo realizó multitud de obras sino que escribió, dibujó, enseñó… Muchos, y mi modesta persona entre ellos, consideramos al segundo de los Hernán como el maestro de obras más sobresaliente que ha existido en Andalucía, no sólo por la ingente labor ejecutada sino por su originalidad y excelencia.
            El hombre detuvo su disertación, que reanudó pronto.
            —En Córdoba prosiguió, con nuevas ideas, la importante obra de su padre en la catedral, que continuó posteriormente su hijo, el tercero de los Hernán. En aquel tiempo el arzobispado de Sevilla lo nombra maestro mayor de obras y comienza a trabajar en la imponente catedral. Corona la bella torre islámica con el espléndido cuerpo de campanas de la Giralda y proyecta e inicia la construcción de la Sala Capitular. A la vez interviene en el Hospital de la Sangre (**).
            —Conocí esas fábricas pero ignoraba la aportación del maestro. Parece increíble que un solo hombre realizara tales maravillas —declaraba el joven hinojoseño.
            —Es lógico que de ese modo penséis, obras así no son corrientes.
            La sombra de un sauce plantado junto a la fuente aminoraba la abrumadora sensación de calor. Los hombres se bajaron del borde y se sentaron en el suelo, apoyando la espalda sobre las frescas lanchas de granito de la alberca.
            —Contadme lo que esta familia realizó por estos lares, noble anciano
—demandó el alarife.
            El hombre mayor reanudó su relato.
            —Hernán Ruiz “El Viejo” procedía de una aldea cántabra, cuna de grandes canteros, el oficio de su padre. El conde de Belalcázar que lo llamó deseaba realizar hermosas obras en sus posesiones que lo hicieran famoso, debéis saber que era el tiempo de los Reyes Católicos y el conde ambicionaba escalar a lo más alto de la nobleza. El primero de los Hernán vino, pues, a estas tierras reclamado por la reputación de sus obras, que ya lo precedía.
            Continuó pausadamente, el tiempo parecía haberse detenido.
            —Proyectó en el antiguo estilo gótico, del que tantas y geniales muestras existen en nuestro país, la planta de la nueva iglesia en la plaza principal de Hinojosa. Y comenzó la magna obra cavando sus cimientos y levantando los diez pilares que soportan tanto el coro como la bóveda que posteriormente acogería el espléndido artesonado que ahora luce. Elevó la magnífica torre que, por cierto, años más tarde inspiró a su nieto la de la catedral de Córdoba, y esculpió la portada de la sacristía junto al altar mayor.
            El anciano quedó callado como si reviviera tiempos tan lejanos. Prosiguió:
            —La muerte le sorprendió y, como os nombré, tomó el relevo su hijo, el segundo de su nombre y el maestro mayor de obras más notable de Andalucía.
Superó a su padre, educado en los cánones antiguos, y adoptó las nuevas ideas que procedían de Italia. ¿Sabéis qué es el Renacimiento? —preguntó de súbito.
            —Ciertamente, el estilo arquitectónico que recuperó el arte de los antiguos griegos y romanos.
            —Es tal como decís, alarife. Pues bien, Hernán Ruiz II lo elevó a unas alturas
inimaginables, plasmándolo en multitud de obras, entre ellas vuestro templo mayor.
            —Noble anciano, ¿podéis detallarme su actuación en nuestra basílica de San Juan? —reclamó el joven, ávido por saber.
            —Lo más original y maravilloso que se puede contemplar en estas áridas tierras. Hernán “El Mozo” cubrió la capilla bautismal con la más hermosa bóveda en piedra labrada que posee la iglesia. Y abrió al exterior de esta capilla la singular ventana que en la villa llamáis “de los tres soles”. Pero nada comparable a la primorosa portada que da a la plaza mayor.
            —Desde luego es muy bella —reconoció el joven.
            —¿Bella? Corto elogio usáis, alarife. La fachada no es sólo bella, es perfecta, de sabias proporciones. Es la obra de un auténtico creador, una de las portadas más soberbias que existen en nuestras Españas —declaró, con vehemencia, el viejo.
            El joven reparó en lo que hablaba el anciano y le dio la razón. A su mente acudió la impresionante fachada, flanqueada a la izquierda por la capilla bautismal y a la derecha por la sacristía, cuyas ventanas aparecen enmarcadas por las admirables tallas de los escudos de los nobles belalcazareños.
            De líneas clásicas, exquisitas, la portada está construida en dos cuerpos superpuestos de columnas corintias que se apoyan en basas y albergan la puerta de entrada a la iglesia. Da la sensación, al penetrar en el templo, de que se atraviesa un arco de triunfo en granito labrado. Sencillamente sublime.
            —La iglesia tardó un siglo en construirse, no solo intervinieron los Hernán Ruiz en ella, también otros maestros, pero ellos fueron sus principales artífices.
            —¿Realizaron más obras en la comarca?
            —Varias y valiosas. En la vecina villa de Belalcázar, residencia de los condes y luego duques, el primero de los Hernán edificó el suntuoso palacio del castillo, y en Pedroche, “El Mozo” elevó la más alta torre de la comarca en su iglesia del Salvador. Son innumerables las creaciones de los Ruiz en Andalucía. Infinidad de villas y ciudades, desde Córdoba a Málaga, pasando por Huelva, Cádiz o Jerez, guardan sus obras aunque no sus nombres, con honrosas excepciones.
            —¿Y el tercero de los Hernán? —indagó el alarife.
            Sorprendió en el anciano una expresión rígida, como si la pregunta no fuera de su agrado. Respondió al cabo.
            —Dicen que fue un buen maestro de obras pero oscurecido por la formidable figura de su padre. Llevó mala vida, fue ambicioso y pendenciero, no se guarda buena memoria de su persona.
            —¿Pero qué obras realizó?
            —Quizá la que más destaque sea la torre de la catedral de Córdoba. Dicen
—miró de reojo al joven— que se inspiró en la de vuestra basílica, aquella que elevó su abuelo, el primero de los Hernán. Intervino en la Puerta del Puente Romano cordobés y aquí, por estas tierras, en la iglesia de San Mateo de Villanueva del Duque. Y más al sur, en la de Nuestra Señora de la Asunción, en Bujalance, donde también participaron su padre y abuelo.
            El joven maestro permanecía en silencio, cavilando y  probablemente abrumado por cuanto el anciano decía. No calló su admiración:
            —Aquellos hombres debieron ser unos genios. Por lo que me decís sentían pasión por su oficio, como si llevaran en su sangre la sabiduría de muchas generaciones.
            El viejo, con la mirada perdida, soñadora, asentía ligeramente con la cabeza.        De repente, el joven hinojoseño exclamó:
            —Quiero creer cuanto me contáis, noble anciano, pero me resulta difícil. ¿Cómo es posible que no se guarde memoria de estos maestros en mi villa? ¿Acaso hay algún monumento más importante que nuestra iglesia de San Juan por las comarcas cercanas?
            —Puedo aseguraros que no existe.
            —¿O no es más que desagradecimiento? —porfió el alarife.
            —Quizá sea simplemente ignorancia, vos mismo desconocíais sus obras. En cualquier caso os aseguro que a lo largo de vuestra vida encontraréis muchas y frecuentes muestras de olvido hacia nuestros grandes hombres.
            La conversación fue decayendo, quedando cada uno, joven y anciano, a solas con sus pensamientos. El calor de la tarde y el zumbido de las chicharras los adormecía. El joven maestro de obras no pudo evitar, finalmente, sumirse en el sueño unos instantes. Cuando despertó, el anciano no estaba a su lado. Sacudió la cabeza y lo buscó con la vista, sin hallarlo. Se levantó desperezándose y, extrañado por ausencia tan repentina, bajó andando hasta el arroyo, cruzó el puente y subió al cerro, no lo vio por ningún lado. Regresó hasta la fuente y siguió caminando hasta coronar el altozano desde el que se domina Hinojosa. No había nadie por el camino, tan solo  un campesino montado en su asno. Estaba seguro que había dormido sólo un momento, demasiado fugaz para que el viejo de manto oscuro desapareciera de su vista. Sacudió la cabeza y reanudó su camino hacia la villa, entró en esta atravesando la majestuosa Portada de San Sebastián junto a la ermita de su nombre, y penetró en su vivienda olvidando el trabajo que había ido a realizar a la huerta.
            Días después el joven maestro decidió hablar de tan extraño y quizá soñado coloquio con una persona en la que confiaba.
            Al anochecer y después de una laboriosa jornada, se dirigió a la Plaza Mayor, cruzó ante el santuario de la Virgen del Castillo y entró en la iglesia de San Juan pasando bajo su imponente fachada. Giró a la derecha y entró en la sacristía donde esperaba encontrar al arcipreste, una de las pocas personas que conocía la historia de la construcción del templo y a los maestros de obras que en él intervinieron a través del tiempo. La que en principio fue una respetuosa relación por su oficio de conservador de iglesias y ermitas de la villa, había derivado, con el paso de los años, en una fuerte amistad entre ambos hombres.
            Allí estaba el sacerdote, al que relató su encuentro con el anciano en la fuente, días atrás.
            —No se me olvida ese hombre, parecía conocer perfectamente tanto a los maestros como sus obras —apostilló el joven.
            —Me resulta raro, no es frecuente tal conocimiento —admitió el cura—. ¿Cómo era el abuelo? ¿Sabéis si reside en nuestra villa?
            —No lo había visto nunca. Y en cuanto a su persona imagino que como muchos viejos, barba larga, pelo escaso y cano, rostro noble y despierto, y algo encorvado por la edad. Pero algo sí me sorprendió: sus vestiduras. Eran extrañas, parecían de otro tiempo.
            El sacerdote pareció comprender la inquietud del joven maestro y quedó pensativo. De súbito sintió un inexplicable impulso y se dirigió a un anaquel, abrió una pequeña portezuela con su llave y extrajo unos pergaminos antiguos, enrollados y atados con una cinta de seda. Ante la sorprendida mirada del alarife, explicó:
            —Conocéis los planos de la iglesia pero no os he mostrado ciertos bocetos que aquí se conservan. Los antiguos eran dibujantes excepcionales, es evidente que alguno de aquellos maestros se entretuvo, a ratos perdidos, en hacer estos apuntes.
            Apartó los planos del templo y escogió varios dibujos. Había, desde niños jugando en la portada de la iglesia a campesinos transportando haces de leña, mujeres hilando ante la puerta de su casa o pastores conduciendo sus rebaños por caminos polvorientos. También, algunos retratos. El joven, a su lado, los iba examinando deteniéndose en estos últimos con más atención. Observó uno, luego otro y otro y, de repente, un estremecimiento lo recorrió.
            —¡Éste es el anciano con el que hablé! —exclamó, poniendo el dedo encima del retrato.
            El sacerdote ojeó el nombre que figuraba al pie del dibujo, miró de hito en hito al joven maestro y dijo con voz temblorosa:
            —¡No es posible!
            —¿Por qué?
            —Porque este hombre es Hernán Ruiz III, el último maestro de la familia. Y no es posible porque murió en Arcos mientras inspeccionaba las obras de un puente… hace más de cien años.
            Ambos, sacerdote y alarife, se miraron sobrecogidos, se santiguaron al mismo tiempo, y callaron.
         ————-
            (*) Nombre con el que se conocía antiguamente a los arquitectos.
           (**) Actual sede del Parlamento de Andalucía.
 
Nota del relator:


fotografía de la fachada y entrada principal
 Las obras mencionadas son las más conocidas pero constituyen sólo una pequeña muestra de las realizadas por los Hernán Ruiz.
En algunas ciudades y pueblos de Andalucía existen calles que honran la memoria de esta excepcional saga de arquitectos, como Córdoba, Sevilla y Málaga; Benamejí, Arcos o Morón…
Pero es llamativo que en Hinojosa del Duque no exista ningún testimonio que perpetúe su recuerdo.
En los últimos años se está investigando y escribiendo sobre los monumentos y personajes más importantes de cada localidad, quizá sea ya hora de que, de una vez por todas, el público en general conozca a quienes levantaron obras tan magníficas como la “Catedral de la Sierra” en nuestro pueblo.
No se trata de una más que merecida calle o plaza. Una simple placa con el nombre de esta familia sobre los muros del monumento que levantaron hace quinientos años, sacaría de dudas al asombrado visitante y haría que los hinojoseños sintieran legítimo orgullo por los autores de su iglesia de San Juan Bautista. Tienen sobrados motivos para ello.
Quiero recordar que gracias a la serranilla “La Vaquera de la Finojosa”, el Marqués de Santillana titula una avenida en nuestra ciudad y cada cuatro años se celebra un espectacular representación teatral basada en su breve y bella composición lírica.
Así debe ser y por el mismo motivo o quizá mayor los arquitectos de la grandiosa basílica de Hinojosa del Duque, Monumento Histórico Artístico de carácter nacional desde 1981, debieran ser recordados.

 

———————–
#RETROINNOVACIÓN
Eduardo Rodríguez Perea

 

Málaga, diciembre de 2.016

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