Serranilla VII

“Amanece”. Reflexión ante un nuevo día de trabajo en el campo

Artículo escrito por un cívico para la revista de unos jóvenes amigos

Hace unos días me preguntaba un amigo sobre qué tal me iba en el pueblo. Decía que si no me aburría. Y justamente ayer me preguntaba un camarada sobre las labores agropecuarias que últimamente ocupan mis días. Me conminó éste último a escribir algunas líneas para la revista digital que todo joven que realmente lo es debería tener como cabecera. Es verdad que el tiempo nos apremia, pero aunque restemos horas al sueño, y aún cuando ya hayamos consumido el destinado al ocio, siempre nos quedará lo justo para dar otro paso al frente.

Amanece y, aunque no es poco, no nos parece suficiente.

Amanece el nuevo día sobre esta tierra milenaria. Como en los últimos meses, y mientras contemplaba la pulcrísima salida del sol, pensaba justamente en que nosotros, los campesinos, somos la llama de aquellos labriegos que alimentaban a Garcilaso, Góngora o a Quevedo; somos la antorcha de aquellos ganaderos que alimentaban a los tercios y nutrían a los escopeteros que derrotaron a la Grande Armée; y somos, si no lo remediamos, los últimos hijos de Viriato y del Empecinado. También pensaba en aquellos predecesores que poblaron nuestra tierra: íberos, celtas, romanos, godos, árabes, pelayos, españoles… pensaba en los dioses de aquéllos y en el Dios de éstos. Pensaba en la conciencia colectiva que fraguaron en el alma tribal o nacional, grande o pequeña, al que todos pertenecían. Pensaba en las tradiciones que conocían y respetaban. Pensaba en las plegarias que a sus dioses hacían. Pensaba en cómo el pueblo pedía lluvias. Pensaba, incluso, en cómo el estrecho vínculo entre lo sacro y lo carnal permitía a los paisanos, si sus plegarias no eran atendidas, volver de espaldas en el altar a sus santos patronos.

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Pensaba en que estaba sobre el mismo campo en que mi abuelo envejeció. Pensaba en cuando con él marchaba en mil y una tareas. Pensaba en que algún día ese campo enseñará a los hijos de mis hijos qué significa la existencia. Pensaba en la dignidad que a un hombre da emplearse en su oficio. Pensaba en el respeto que merece aquel que es capaz de vivir de sus propias manos. Pensaba en que el sudor de la tierra se limpia mejor que la ignominia de no saber quién eres. Pensaba en la libertad que supone mirar al cielo y ver nubes, mirar al suelo y ver insectos (de los de verdad, sin traje ni corbata), mirar al frente y ver el horizonte. Pensaba en lo afortunado que soy de poder ver cómo nace el sol cada mañana, con sus características tonalidades. Pensaba en lo transcendente de encontrarme con el vuelo nupcial del milano real; de poder ver a escasos metros al águila imperial, y daba las gracias al cenit solar por advertirme perfectamente de dónde están Londres y Bruselas, y, por tanto, de hacia dónde tengo que mear.

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La España Vacía

Pensaba en cómo nuestro campo está quedando sin relevo, en cómo miles de jóvenes con la edad de un siglo huyen, los unos por complejos y los otros por necesidad, sin que en ambos casos se paren a prestar la más mínima batalla por su Tierra, que es por ellos mismos. Pensaba en cómo nuestra patria trata hoy a la flor y nata de su juventud, y cómo ésta agacha la cabeza y pica su ticket. Pensaba en cómo esos mismos jóvenes no tienen una colectividad a la que pertenecer y, menos aún, un Dios que no se consuma con su uso. Pensaba en cómo se levantan cada mañana para entregar su vida a mercaderes. Pensaba en cómo pasan las horas en su cadena de producción, sin cielo y sin sueños. Pensaba en cómo se van para convertirse en el engranaje de algo que prefieren obviar a base de píldoras con limón.

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En todo eso he pensado esta mañana mientras trabajaba la tierra. Pienso que estoy en el lugar correcto de la historia, defendiendo la Verdad y la vida que queremos. No es idílico —hoy nada lo es—, la agricultura tampoco, pero, a pesar del libre mercado, seguiré viendo cada mañana ese sol que ni los burócratas han podido quitarnos.

Por último pienso, y no digo «creo» sino «pienso», que aún quedan suficientes justos en Gomorra como para conseguir salvarla. Y pienso que, aunque el amanecer nos sabe a poco, cada día falta menos para que triunfe nuestra primavera. Hasta entonces, continuaré meando en dirección a Bruselas.

Un saludo a nuestro estilo.

#RETROINNOVACIÓN

La Cívica

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