Serranilla VII

El legado de los últimos quijotes

Artículo escrito por un cívico para la revista de unos jóvenes amigos

Hace tiempo ya que el pequeño ruiseñor canta sólo para el viento, pues no hay nadie que se alegre con su música al pasar por la ribera en los preciosos días de primavera. ¿Será éste el principio del fin? ¿Estaremos ante la última hornada de hijos de la tierra?

mezquita-de-cordoba__1280x720Comencé a plantearme éstas y otras preguntas mientras paseaba por el puente romano de Córdoba una tarde de primavera, cuando este pequeño pero escandaloso habitante de sus riberas coloreaba con su canto las últimas luces de la tarde frente a la majestuosidad de la mezquita catedral, atestada de bulliciosos turistas. ¿Y cómo puede ser que tan pequeña criatura llegue a eclipsar tamaño tumulto de gente con su canto? En aquel momento sentí un escalofrío recorriendo mi cuerpo y una idea azotando mi cabeza; «la naturaleza es maravillosa» —pensé, emocionado, como tantas otras veces me había pasado. Pero al momento desperté de mi pequeña fantasía y observé a mi alrededor cómo cientos de personas paseaban, cual enjambre de abejas con su zumbido constante, sin siquiera plantearse de dónde procedía aquella orquesta sinfónica que tan ameno y plácido hacía su paseo por aquel lugar mágico, fuente de tanta cultura. ¿Será este sonido parte de un hilo musical instalado por el ayuntamiento? Seguro que alguno de los presentes en aquel momento en aquel puente así lo pensaba firmemente. El desconocimiento y la incultura que hoy día existe acerca de la naturaleza es sorprendentemente atroz.

Este mundo está cambiando, y no precisamente para mejor. Estamos perdiendo nuestras raíces a pasos agigantados. Ya no duermen los pastores en el campo, pues el lobo no amenaza sus rebaños; ya muchos de los usos ancestrales han cesado, pues los fitosanitarios y la maquinaria han sustituido la agricultura de antaño. Las gentes de la España rural, cada vez más, se embarcan en el viaje hacia un futuro en la gran ciudad, sin ni siquiera echar de menos lo que dejan atrás, ese legado que tanto sudor y esfuerzo costó dejar a sus antepasados y que con ellos y su viaje definitivo a la desconexión, acabará perdiéndose para no volver jamás.

juegos-infanciaaY es por eso que las calles de nuestros pueblos lloran en silencio cada atardecer. Lloran por sus niños, esos que, antes, daban vida con sus risas y sus juegos a estas impasibles ancianas tras cada día de colegio, y que, hoy, ya no están. Estas calles que han visto, oído y sentido tanto, y que ven cómo, año tras año, la curiosidad de la juventud se va perdiendo. Ya nadie se pregunta el porqué de la vuelta de las golondrinas, ni existe el deseo de saber ¿qué habrá debajo de aquella piedra?, ¿habrá una culebra?, ¿un escorpión, tal vez? Los niños ya no tienen inquietudes como las de antes, cuando en el colegio pasábamos las horas planeando la ruta en bicicleta de aquella misma tarde, la guerra de piedras contra los de la calle de al lado o la excursión a la charca secreta a la que íbamos a bañarnos sin que lo supieran nuestros padres. Ya no quedan niños con emociones como las de antes.

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Pero, ¿en qué hemos fallado? ¿Cuándo dejaron los niños de sentir curiosidad por todo aquello que los rodea y se convirtieron en unos meros espectadores del ciclo de la vida? ¿Serán la tecnología y la televisión los que les han robado la infancia? Éstas son cuestiones difíciles de responder. Sin ninguna duda, creo que, con la muerte del maestro, el gran Félix Rodríguez de la Fuente —ese gran naturalista que nunca dejaba de asombrarnos con su conocimiento y que supo llevar hasta nuestras casas (y dejar para siempre en nuestros corazones) el amor por la fauna ibérica y la naturaleza única que nos rodea—, se creó un gran vacío ambiental en una España de cambios, en la que poco a poco se ha ido perdiendo la ilusión del descubrimiento, el gusto por lo natural, y donde ya no pica el gusanillo de querer saber de dónde viene o por qué ocurre algo.

¿Qué será de nosotros cuando el último niño pierda sus raíces? En ese justo momento habremos fracasado como especie y ya no habrá vuelta atrás: el principio del fin habrá comenzado.

Sin embargo, tras esta pesimista aunque realista reflexión, yo me niego a abandonar este barco, que, aunque a la deriva y sin rumbo, si vuelve a encontrar un buen capitán como aquel que ya tuvo antaño, volverá a encauzar el rumbo despertando la curiosidad por lo que nos rodea, volverá a retomar con paso firme el camino que inició Don Félix y que se hallaba perdido hacia nuestras raíces y nos devolverá la sonrisa a todos aquéllos que día a día luchamos para que no desaparezca este conocimiento ancestral de lo nuestro, el saber interpretar la naturaleza para poder conservarla y que nuestros hijos puedan, algún día, entenderla y disfrutarla de igual manera que nosotros lo hacemos hoy.

Porque, mientras queden algunos quijotes dispuestos a luchar, no todo estará perdido.

#RETROINNOVACIÓN

La Cívica

http://data.abuledu.org/URI/55586623

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