Serranilla VII

Radicales, profundamente radicales

Nos ha tocado cabalgar uno tiempo en que es frecuente intentar desprestigiar al contrario llamándole radical; de tal modo que el receptor de tan inane improperio entre automáticamente en un estado de casi paralización vegetativa, surgiéndole, una vez pasado el trance, la irrefrenable y perentoria necesidad de sacudirse el artificial estigma.

Sin embargo, como ocurrió en tiempos pretéritos y como sucederá en los que están por venir, en esta época también hay un puñado de hombres y mujeres que, teniendo el valor de ser inactuales, se atreven a decir que aunque a todos disuada, a nosotros no, y es que, efectivamente, somos radicales.

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Y lo somos porque consideramos que el bien y la verdad son categorías permanentes, no el fruto marchito de la literatura barata plasmada en un manido acuerdo programático, en el hipotético código ético de un partido, o en la ilegibilidad de la ley de turno. Es más, sólo en un tiempo como el nuestro, en el que ha quebrado todo principio de honestidad, se le podría dar algo de valor a semejantes libelos.

Somos radicales porque consideramos la política como justo lo contrario a lo que representan los partidos; pues la entendemos, no como el problema constante, el teatro perpetuo y el trámite eterno, sino como el noble arte de cambiar las cosas para bien.

Somos radicales, porque no somos ni de izquierdas ni de derechas y menos aún de centro. Somos radicales porque no creemos en fatuas e histriónicas primarias, y es que nuestras posiciones no las sustentan compromisarios desconocidos ni estómagos agradecidos, sino nosotros mismos, sin complejos, y allá por donde pasemos: por ello defendemos la democracia directa con circunscripciones más reducidas y listas abiertas.

Somos radicales porque vamos justo en la dirección contraria de los que huyen, de aquellos que se van sin mirar atrás. Porque no cerramos los ojos aun cuando lo fácil sea eso. Somos radicales porque vemos un enfermo en todo joven con la edad de un siglo, y en todos aquellos que se pelean con su vecino para defender a su verdugo.

Somos radicales porque, como el legionario que murió a las puertas de Pompeya esperando a su relevo, tenemos una fe resuelta en el camarada que nos dio su palabra, aunque ello nos pudiera costar la cara si nos dejara en la estacada.

Somos radicales porque donde la mayoría ve un sacrificio, nosotros encontramos una oportunidad de ser, pues entendemos que nada hay más honorable que entender la existencia como un acto de servicio permanente, porque, como solemos decir: vale quien sirve.

Somos radicales porque no nos gustan los festines hedonistas ni los sitios cerrados, porque no nos peleamos por las últimas migajas de crapulosos banquetes celebrados en Bruselas, Madrid, Sevilla o Córdoba. No. Lo nuestro es marchar bajo la noche clara y el sol naciente con el arrugado abuelo y el inocente infante. Somos radicales porque disfrutamos cuando nos miran sin poder entendernos, cuando nos señalan, susurran y se extrañan, cuando se nos unen al conocernos.

Somos radicales, porque como Cervantes a través de su Quijote, sabemos que “no es un hombre más que otro, si no hace más que otro”, y que por tanto no puede valer lo mismo la voz del necio y la del sabio, la del que se involucra con lo común y la del que se mantiene al margen, la del que viene a desfondarse y la del que llega solamente a parasitar.

Somos radicales porque nos da la risa cuando acabado el periodo de negociaciones, de juegos electorales, los “moderaditos” nos hablan de modales, formas y legalidad. Somos radicales porque no estaríamos dispuestos a ceder por aquello en lo que no creemos; pues consideramos que el consenso por el “mal menor” es el punto de encuentro de los hombres sin principios, o, como se estila decir ahora, de centro. Somos radicales porque de la firmeza de nuestra voluntad nace la imposibilidad de disuadirnos.

Somos radicales, porque cuando se nos pregunta no respondemos con un “creemos”, sino con un “afirmamos”, y afirmamos porque estamos dispuestos a pedir perdón una y mil veces si nos equivocamos. Somos radicales porque habiendo comprendido lo efímero del presente, nos afanamos en conocer el pasado para dejar un futuro.

Y somos radicales, profundamente radicales, porque suspiramos por Roma, nos desvelamos por Praga y soñamos con Dublín, pero ello no nos impide levantar la voz para, cuando la mayoría se define como ciudadano del mundo, afirmar con orgullo que nosotros somos de Hinojosa o Belalcázar, del Viso o Villanueva, de Los Pedroches, que somos españoles de conciencia, obra y deseo.

Por eso hoy, mientras todo pasa, cuando lo antiguo amenaza y lo nuevo no existe, volvemos a afirmar sin ambages y con toda la efusividad de nuestra alegre juventud que el futuro, aunque sea en nuestro pequeño mundo, pertenece a los radicales.

Decía Tolkien que “Las raíces profundas no se hielan”, por eso, independientemente de dónde estemos, este siempre será nuestro cálido “lugar en el mundo”.

#RETROINNOVACIÓN.

La Cívica

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