Serranilla VII

Emociones de mentira, sueños de pesadilla

Hubo otros antes de nosotros. Sin ellos, jamás hubiésemos podido estar aquí, y, sin su ejemplo, no sé de dónde sacaría la fuerza para escribir estas líneas. Defendieron todo aquello en lo que creían, gustara más o menos. Recorrieron el mundo y crearon imperios. Combatieron en el frente, en una u otra trinchera, e hicieron guerrilla en la retaguardia; partieron corazones y rompieron su pecho con las balas enemigas; formaron una familia, forjaron descendencia y construyeron un hogar; leyeron en silencio y comprendieron el Misterio; labraron la tierra, recogieron lo sembrado y fallecieron, antes o después, viviendo en la verdad. Fueron, por tanto, libres.

Libres entre las balas, libres con callos en las manos y libres con el peso de una familia numerosa. Libres porque solo es libre quien sirve y quien no tiene miedo a la entrega. Libres porque supieron vivir. Libres, por último, como jamás podrán serlo muchos de sus nietos, pobres esbirros de la nada sin saberlo, lechosos acomplejados padeciendo la enfermiza existencia de reptar postrados sobre un sofá. Horas ante la pantalla del vacío, creando grasienta chicha y encorvando la espalda como si de un reptil pidiendo clemencia se tratara. Esclavos de vicios primarios y animales, obsesionados con el placer para uno mismo, egoístas sin fronteras ni límite. Incapaces de mirarse a los ojos en el espejo antes de aplicar el filtro sin morir de vergüenza y asumir que han caído en la trampa; empezaron creyéndose alternativos y son ya uno más en el bastardo mundo de la droga, uno más que necesita colocarse para olvidar, uno más incapaz de hacer frente, uno más buscando «nuevas sensaciones» y encontrando como resultado la pérdida, poco a poco, de los sentidos. Duele en el alma; colocarse es morir un poco por dentro, perder reflejos y hacerse viejo, pero sin el honor de la vejez.

Aunque parezca una broma, los hay que se creen rompedores y dinámicos por fumarse un canuto, meterse una raya o pegarle un poco al ‘eme’ antes de cada festival. Si se viesen desde fuera, no pensarían lo mismo; pasan de ser jóvenes con posibilidad de todo a decrépitos zombis con gesto rábico. La droga solo sirve para los cobardes, para los que no tienen conciencia de juventud, para los que son incapaces de sentir cada instante de la vida. La droga es para niñatos que son felices haciéndole el juego al Sistema: ya sabéis aquello de Tierno Galván de que «el que no esté colocado que se coloque», y perdonad por parafrasear a tan nauseabundo personaje, pero ahí está el epítome de los ochenta, la génesis de un desmantelamiento en todos los órdenes, la relegación a hortera colonia, siempre para mayor gloria de los Estados Unidos. La droga es, en fin, para cómodos que no están dispuestos a reaccionar contra el rumbo de su historia y crear un mañana rebosante de belleza y justicia social. La droga es para los que se rinden.

En la Cívica nos desmarcamos de todo ello e invitamos a que nos sigan. Somos la otra juventud.

Juanma Fernández

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